El tema de la pareja postparto tiene su aquel. Recuerdo mis comienzos como mamá…era horrible, mi vida no se parecía en nada a lo que pregonaban los anuncios de pañales, leches de fórmula y potitos. Mi vida era una auténtica mierda (no se ofendan, es la palabra que mejor define aquella temporada).

Marido y yo nos odiábamos, y eso fue a los quince minutos de haber parido, cuando camino de la habitación apareció mi hermana, emocionada, nerviosa y tocapelotas. A los veinte minutos padres, suegros y cuñados fastidiaban nuestras dos horas de apego, nuestra adaptación familiar después de 48 horitas de parto, casi nada.

Nos culpamos mútuamente. Nuestra primera noche de padres estuvo acompañada por una banda sonora que desquiciaría al mismísimo Dalai Lama. Yo pegando almohadazos al otro progenitor, que no se despertaba ni a tiros, yo llorando por el dolor de los puntos y de moral al sentirme exahusta y complétamente sola, de hormonas hasta el techo y muy cabreada con aquella gente que predicaba las maravillas de la maternidad.

Lo de la teta iba fatal y a las 3 de la mañana acudía a mi llamada de socorro una enfermera con menos empatía que Hannibal Lecter y me decía lo fácil que era dar teta, haciéndome sentir una inútil. Y mi marido seguía cabreado conmigo por la aparición estelar de mi hermana, como si hubiera sido él el que hubiera pasado por el parto.

Así fue nuestro comienzo. Cansado, con rencor y desengaño. En casa,  sacando la teta cada veinte minutos, con un moño tipo gitana que acompañaría mi cabeza durante siete meses y unas ojeras que ni el mejor maquillador de Hollywood podría disimular. Los primeros seis meses no dormí más de veinte minutos seguidos. Nueve meses antes yo era casi licenciada en periodismo, becaria en cultura y pincha y encargada de un bar los fines de semana. Ahora era una tía que pesaba unos 20 kilos más, agotada y un poco amargadilla.

Cuatro meses después de procesar odio a diario hacia marido, decidí sincerarme y decirle a la cara, básicamente, el asco que me daba. Él me dijo básicamente lo mismo. El habernos callado frustraciones, no haber echado en cara asuntos de familia (qué malos son los suegros en ocasiones), el habernos vuelto herméticos y abanderados del “¿A mí? No me pasa nada”, provocó una separación sentimental en toda regla.

¿Solución? Hablar mucho, hacer deporte juntos, olvidarnos por las noches de que éramos padres compartiendo una cervecilla, decirnos cada día cosas buenas el uno al otro. Comenzamos a vernos con otros ojos, aprendimos a querernos en nuestro nuevo papel y nos enamoramos otra vez. Eso nos llevó tiempo, pero estábamos decididos a recuperar el placer que antes nos provocaba compartir nuestra vida.

Sigo pensando que la comunicación clara es la clave, es  lo que nos ayuda a no caer en la depre posparto, nos ayuda a crecer, a empatizar con la pareja, a ver las cosas desde otra perspectiva en la que no habíamos caído.

Siempre digo que tuve un entrenamiento de alto rendimiento en mi estreno como mamá. Soy la teniente O’Neil de las Mamás. Tuve una dura entrenadora que sigue poniéndome a prueba, pero eso es otra historia que tiene su lugar en otro blog. La segunda maternidad es complétamente distinta y se disfruta muchísimo más.

No todas las experiencias son como la mía, pero aviso: ser mamá es el trabajo más duro del mundo, aunque también el mejor.

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