Con la teta fuera, a las once de la noche, una rememora los tiempos en los que salía de casa después de cerciorarse frente al espejo que la frase “menudo polvo tienes” tenía un sentido verde y no el de “coge el trapo”. Y tú, que se te has pasado tu último embarazo cuidándote de lo lindo, recibes una frase de tu señor esposo que te deja muerta. Sabes que normalmente suele cagarla, pero después de un mes de haber parido y haberte quedado divina, no has recibido ni un piropo del susodicho.

Después de haberte convencido que el autista sentimental con el que compartes tu vida y tu puerperio, no va a piropearte, te encuentras a tu fisio y te dice que estás divina. Como una colegiala, feliz de que alguien lo note, vas y se lo cuentas a Marido y te suelta un lapidario: “hombre, tiene que ser agradable y cuidar a la clientela…”

En ese mismo momento te dices a ti misma que si ganas la beca mami vas a costearte un tratamiento quitaestrías que te saque de la tribu de las tetas largas a la cual perteneces desde hace dos embarazos. Por que tú sabes que lo vales, aunque él tienda a cagarla y al  intentar arreglarlo lo fastidie más. Y gritas puño en alto cual Escarlata O’ Hara: “A Dios pongo por testigo que mis pezones volverán a mirar al frente”.  Mientras tanto…nota mental: buscar un buen push-up y disfrutar del carro tuerce cuellos que tienes. Porque siempre te ha molado eso de llamar la atención y, en el fondo, sigues siendo la misma.

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