El otro día vi un trocito del programa “Bebé a bordo”, me encantó la chica que va a las casas y lo claro que le explicaba a una recién mamá algo básico: Cuánto más mires a los ojos a tu bebé, más confianza tendrá en un futuro en la conexión visual, cuantas más caricias y mimos reciba, más cariñoso será de adulto, cuanto más satisfechas tenga sus necesidades de contacto, mejor será el vínculo paternofilial y mayor autoestima tendrá, porque se habrá sentido valorado al mismo nivel que cualquier miembro de la familia.

Tengo una imagen grabada en mi mente de mi infancia. Una rayita de luz, una raya a la que me aferraba en la habitación a oscuras. Dormida detrás de la puerta, tumbada para ver la luz.

Mi mayor ha sido de horroroso dormir. Yo desesperé los primeros meses. Coleché, aguanté los cólicos con ella encima cantando canciones como si fueran mantras para mantener la calma, a los cuatro meses pareció que la cosa mejoraba y a los seis…casi me pego un tiro. Cada 20 minutos…UP. Apliqué Estivill, no sabéis lo arrepentida que estoy. Y dos semanas después me acurrucaba con ella. Algo cambió, no me miraba a los ojos. Al principio me pareció que quizá era que algo le llamaba la atención. Pero al tiempo me di cuenta de que desde esos días de tiempos y frases de autoconvencimiento, yo había roto algo en nuestra relación.

Nora volvió a la cama. Tardó un tiempo en sanar aquello y yo en perdonármelo. Pero a base de achuchones nocturnos volvimos a tener esa conexión de antes. Hoy, con tres años, casi siempre duerme la noche del tirón, de vez en cuando entra una nueva etapa en el juego y hay semanita de aclimatación. Por lo general suele dormir bien. Así que con Vera no me desespero, sé que el día “quiero dormir en mi cama” llega y siempre es antes de lo que parece.

Al leer a Mireia me he dado cuenta de algo, últimamente estoy cansada. Yo sola con las dos no soy capaz de cubrir las necesidades de contacto con Nora, porque Vera siempre está en mis brazos y mi espalda no me deja mucha libertad. Pero el día que consigo darle más… acaba con rabieta, con llanto, exigencias y malos modos. Hoy pensaba en lo insoportable que se pone, ahora creo que es su llanto sanador, no vale un día de achuchones y cinco de “ahora no puedo”. En vez de regañarla, me tengo que meter en su piel. Muchos días noto que se aguanta los pucheros, pero yo no soy capaz de sacárselos, de dejarla salir, por agotamiento, egoístamente no quiero tener una “dificultad” más en el día. Así que tengo que recordarme a mí misma que no es tan grande como parece (como me pasaba a mí), que no es tan dura como parece (como yo) y que sigue necesitando mimos como antes (o más). Pero sobre todo, que quiero que la imagen que se le quede grabada a fuego sea un achuchón y un abrazo continuos y no un “ahora no puedo”.

Mañana lo vuelvo a intentar siendo más consciente de ello.

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