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Cuando estás en la honeymoon de la barrigola te parece que la vida va a ser color pastel. Recuerdo cuando en nuestra mesa de dos le decía a marido: “dentro de nada seremos tres comiendo en la mesa”. En mi mente dibujaba una imagen de familia feliz digna de un anuncio de cereales.

La realidad: Bebé en su trona te escupe el puré… a tí, a tu cónyuge a su hermana… todos a cambiarse. Bebé con manos largas alcanza el mantel y en tu despiste tira y la comida se va al pedo, por lo que decides que ese elemento del demonio no vuelve a tu casa. Comes sin mantel.

Mientras te afanas en limpiar el desaguisado que ha montado tu maravilloso bebé, después de haber dormido tres horas en toda la noche gracias a los viruses que rondan tu morada, te das cuenta de que tu mayor ha decidido jugar a amasar el  chicle que pegó en la mesa el día anterior y se lo ha pegado en la mano, la ropa y las cejas.

Una hora después tienes todo en órden, niñas vestidas, tú divina. A punto de salir bebé adorable te regala un pastel desbordado hasta los sobacos, pero como ya es la tercera vez que le vas a cambiar por la mañana, esta vez no te va a poner las cosas fáciles y se pone en modo gamba. Y no te puedes hacer una idea de la fuerza que tienen esos enanos hasta que intentas quitarle un pañal y un body decorados por una argamasa perfumada con eau de muérameplis.

Después de cantar los 125 hits de cantajuegos incluído “El burrito Pepe” versión máquina (es imposible cantarla lenta cuando intentas poner unos pantaloncitos por séptima vez), consigues acabar. Y entonces viene la rabieta de la mayor porque quiere llevar su vestido de mariposas de la piscina con 5 grados celsius en la calle. Tú le enseñas tentadoramente los maravillosos vestidos que tiene y aceptas quitarle los vaqueros y ponerle uno, ya que toda la semana va en chándal y le hace ilusión. Total, que al final va vestida del payaso de micolor porque ya no tienes argumentos y decides que no es tan malo que vaya a ver a los abuelos con vestido rosa y negro, medias moradas y zapatos de verano, al fin y al cabo no va a salir a la calle.

Cuando por fin consigues salir de casa con Minimolinillo y Miss Dior sales oliendo a sobaco de la sudada que te has pegado al cambiar a las dos en tiempo récord, el rímel en la mejilla porque a tu retoña pequeña le mola cazarte las pestañas y aplastarlas contra tu cara y la maravillosa trenza, despeinada y casual que te has plantado acaba siendo una maraña de pelo que apañas en el ascensor en un knit-knot, porque la vida no te da para más glamour. Y como muchas otras madres sales a la calle con tu sonrisa por bandera, porque tú elegiste ser madre, aunque nadie te contó que en ocasiones es más duro que correr una media maratón en el País Vasco.

Que tengáis una semana maravillosa… avisadas quedáis muahahaha. Besitos 😉

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