Después de seis meses intentando que llegara nuestro segundo retoño y el parto de mi cuñada, que casi se nos va y acabó con una histerectomía,  decidimos dejar la búsqueda, porque nos quedamos un poco chof y teníamos lo duro de la mudanza por delante. Pero Vera tenía otros planes.

Me fui con una amiga a Ikea a comprar armarios, un espejo enorme y chorraditas varias para el piso. Al cargar el espejo noté un dolor raro en el ovario. Compramos un test que me hice en el Starbucks más cercano. Lo metí en la caja sin mirarlo y a mitad de camino me acordé de él. Ahí estaba ella, agarradita desde hacía dos semanas.

Me pasé los tres primeros meses tirada en la cama con una ciática bestial y una lesión en el piramidal que me mataba. Pero estaba feliz de la vida. Con dolor en el culo-espalda-pierna, un sueño de muerte, Nora y estudiando la última asignatura que me faltaba para licenciarme tumbada, sin poder hacer resúmenes, empecé mi embarazo.

Después gracias a las caminatas con musiquita y el yoga tuve un embarazo increíblemente bueno. En vez de convertirme en la energúmena hormonada que fui en mi primer embarazo, me transformé en un bollito de madre. Nada me sentaba mal, estaba feliz de la vida. Tal y como es Vera.

Nueve meses después del cumple de Nora y mi sobrino, cuatro horas de caminata y una tarde en la piscina de mis padres con Nora disfrutando de su última tarde de hija única, nació mi pelotilla del amor en un parto rápido, energizante y muy animal.

Foto del día 11-01-13 a la(s) 11_Fotor_Collage_Fotor

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