Antes de empezar con mi disertación (yo soy muy de comerme el tarro) quiero dejar claro que hablo desde el respeto y nunca  desde la frivolidad, es mi manera de pensar no extrapolable a todas las personas del mundo, son conclusiones a las que llego yo cuando le doy vueltas a las cosas (que es casi todo el rato), no hablo de todo lo que conlleva la educación de un hijo, sino de algo que para mí es la base.

yo

Desde pequeña soy una persona que necesita encontrar la lógica a todo, necesito entender las acciones humanas, animales, los cambios de la Tierra, el Universo, digamos que soy curiosa.

Fui educada en la Fé cristiana católica, mi familia y la de marido son de fuertes convicciones en su Fé, pero siempre han respetado las religiones de los demás (unos más que otros). Ahora bien, desde que tengo uso de razón, he cuestionado historias, instituciones, ideas y doctrinas, nunca me ha valido el “porque lo digo yo”, siempre busco la razón, mis pobres padres dan fe de ello. Recuerdo mi curso de catequesis antes de la comunión, el Padre Miguel me llamaba “tormento” porque hacía demasiadas preguntas, no sobre las acciones de Jesús, que me parecían lógicas, sino las de los demás.

Fui creciendo y la palabra “RESPETO” sonaba mucho en mi cabeza. Observaba a la gente en misa y fuera. Ni que decir tiene que para la mayoría de los curas yo seguía siendo un “Tormento” y para alguna que otra monja de mi primer colegio yo era “María del Demonio” (para los que no lo sepáis me llamo María y me apellido de Dios). Yo seguía mirando la sociedad, los informativos, pobres y ricos, señoras malas con inquina que comulgaban pero que daban lecciones y te llamaban “mala”.

A mí es que es algo que no me cuadraba. Fui creciendo, estudié y fui aprendiendo Historia y más tarde dejé el curso de la Confirmación y mis padres lo aceptaron cuando les di mis razones. “Amarás al prójimo como a ti mismo”, yo esto no lo veía más que en poquitas personas, yo veía gente buena de todo pensamiento y religión, gente a la que admirar, pero no muchas. “Amarás al prójimo como a ti mismo”, vecinos que se odian, familias que se llevan mal, conocidos, profesores, políticos, gobernantes y líderes mundiales que conducen a la guerra. “Amarás al prójimo como a ti mismo”. Que no, que lo que yo creo como pilar de fe, el amor, no lo veía en la gente.

El amor tiene varios sinónimos. Siendo persona no todo el mundo te puede caer bien, eso lo asumo y lo sé, pero hay algo que siempre ha sido para mi un baluarte que creo que todos como seres humanos deberíamos tener grabado en la mente: EL RESPETO. El respeto a las diferentes formas de pensar, actuar y ser. Respeto a lo que nos rodea, a la tierra, a los animales, las plantas a las personas. Algo básico para la convivencia y sin lo que creo que no llegamos a ningún lado, o sea, donde estamos ahora.

Pero aquí llega la clave de todo esto que he tardado años en entender: la educación y el concepto que se tiene de los niños. Los niños no son envases vacíos a rellenar por sabios adultos que todo lo saben, un niño tiene más que enseñar de lo que un adulto jamás tendrá. Perdona sin rencor, lo da todo sin condiciones, pregunta, busca, explora hasta que su curiosidad queda saciada, disfruta con poco o nada, escucha de verdad, defiende sus ideas hasta el final y un sinfín de cosas buenas que los adultos olvidamos.

Un niño es una persona, no una persona en potencia (eso es un cigoto de ser humano), es ya una persona desde el momento en el que nace. Una persona de momento dependiente de cuidados, que aprende observando, va adquiriendo habilidades a su ritmo e imita comportamientos. Esa minipersona lo primero que va a ir aprendiendo son las normas sociales del lugar en que nació, el cómo las aprenda ya depende de los padres y su entorno. También matemáticas, lengua, conocimiento del medio, idiomas para que la comunicación no sea una frontera y todas esas herramientas útiles para un futuro. Pero nadie le tiene que enseñar quién es, si se le respeta, ese bebé irá mostrando su personalidad según vaya contando con herramientas para ello.

Un niño que crece sabiendo que es libre para ser quien es, que tiene en su casa buenas personas en las que mirarse, que aprende en cada etapa de su desarrollo lo que le toca sin ser juzgado y etiquetado, criado con amor incondicional, ese que nos regalan a los padres cuando nos ganamos este título. Un niño con autoestima, con padres que les apoyan, creen en ellos y no les anula y les hace sumisos e inseguros eligiendo siempre por “su bien”, sino que guían y acompañan  con Amor y Respeto (y dentro de esto incluyo los límites). Esos niños serán buenas personas, personas que no juzgarán, porque no fueron juzgadas, personas que serán capaces de amar sin condiciones, porque a ellos no se las pusieron. Sabrán lo que es el respeto, porque fueron respetados y por ello se querrán y respetarán y se sabrán importantes para el mundo. “Amarás al prójimo como a ti mismo”… Ahora lo entiendo todo.

Ahora que soy madre entiendo lo que llevo años intentando entender. A esto me han llevado los libros de biografías de dictadores, líderes de la bondad, músicos, poetas, gente anónima con finales muy chungos o muy buenos, siempre intentando buscar la razón de por qué se convirtieron en aquello, mis propias experiencias, las discusiones enriquecedoras con gente que piensa diferente, el observar. Creo que he entendido la clave de todo esto. “Amarás al prójimo como a ti mismo”. ¿Y si no te quieres?

El mundo necesita cambiar algo para llegar a buen puerto. Pajas mentales de una mamá.

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